No deja de ser curioso que la historia de la Unión Europea es la historia de la vieja Europa. Pasando por todas las denominaciones que ha pasado no deja de ser un objeto (forma jurídica, entidad política, llámenla X) perfectamente pensado para el beneficio de unos pocos y la supresión de otros muchos. Digamos que, para hacerlo simple, los creadores de la CEE en su momento buscaron un mercado libre para colocar su exceso de producto; ese mercado se convirtió en comunidad y ésa en una broma de Unión política de pandereta, con dualidad de presidentes "electos" y 27 `presidentes inferiores que no dejan de ser quienes dirigen.
Por partes, como decía aquel mítico asesino inglés de hace un par de siglos. El núcleo de la dicha unión y la voz cantante, como se está viendo en estas negociaciones que dan vergüenza ajena, son Alemania y Francia. Curiosamente los dos estados más potentes del Viejo Continente, las dos naciones que en distintas formulaciones históricas (Sacro Imperio Germánico, Francos, Carolingios, Prusianos) han estado presente en todas las fiestas (si se me permite la ironía) que ha vivido la madre Europa. Nadie más que ellos mejoraron su competitividad internacional con el €uro; ningún estado tuvo un mercado más amplio (y digo ninguno pues no había en suelo clásico unidad de producción tan grande como los dos estados factoría) sin ningún tipo de impuesto de entrada de sus productos.
Resumiendo, para no alargarme, no veo razones para que Sarkozy y Merkel debiliten esta alianza anti natura (según nos ha marcado la historia del suelo que pisamos) que les da a sus respectivos países unos réditos económicos y una competitividad en el mercado común que sin la unión no existiría.
Sin embargo, sus antecesores cometieron un error de bulto, pues en este proyecto de Unión que cada vez que se juntan se muestra más desavenida, el crecimiento exponencial de los países a los que colocar excedente de producto sin impuestos ha provocado también un aumento en el número de presidentes que tienen derecho a decidir y vetar decisiones. Como reza el título, 27 presidentes para gobernar una unión. Como decían las abuelas, no pueden haber dos gallos en el mismo corral, mucho menos en tal solemne cantidad, dejando a la altura del betún a los presidentes de organismos europeos que figuran, cobran, pero ni deciden ni mucho menos gobiernan. Pues la unión de la unión se caracteriza por la desunión de las políticas donde cada estado (con miles de años de tradición) dice y hace la suya.
Mientras tanto, federaciones clásicas se ríen de estos espectáculos. Que si ahora estoy en el €uro, ahora me salgo de la unión, ahora propongo un referéndum para marcharme... ¿Se imaginan un día que Obama tuviera que negociar todo lo que hace con los Gobernadores de los estados que le han cedido las competencias por un fin común? ¿O como si Gobernator se levanta un día y le veta la política exterior a Bush? ¿O Hawai diciendo que se separa de la Unión?
Tantas guerras, tanta miseria y en Europa aún no hemos aprendido nada; en decisiones importantes seguimos siendo los bufones del Mundo. Ya saben, Unión Europea, el lugar donde nadie puede dar lecciones a nadie; el paradigma de estar desunidamente unidos.
martes, 25 de octubre de 2011
miércoles, 12 de octubre de 2011
Gurús 2.0
La sociedad de la información, según los expertos, que vivimos la podemos contar por sus millones de defectos y por las escasas virtudes que tiene. Una de ellas fue la de poner en red a todo el que disponga de ordenador y línea de teléfono. Los primeros chats, las primeras redes sociales, los blogs, el boom de facebook, twitter...
Esta democratización que ha sufrido la publicidad de las opiniones ha hecho que a los grandes líderes de opinión les hayan salido pequeña competencia. Y digo pequeña, al menos de momento, porqué "solo" cuentan en centenares (algún afortunado en miles) su legión de seguidores.
Sin embargo, pese a no tener ninguna tribuna que les sirva de altavoz logran encandilar a sus seguidores (entre los que me cuento, por supuesto). Su facilidad de palabra (en 140 caracteres), un ácido y directo sentido del humor y sobretodo unas opiniones frescas y sin tapujos les hacen líderes de opinión.
Es espectacular como su cuenta de followers aumenta gracias a los retwitts que les hacemos sus seguidores; puedes o no estar de acuerdo con ellos pero siempre se mojan en sus opiniones y pocos de sus sms te dejan indiferente. Son los nuevos gurús 2.0; aquellos a los que sigues solo por lo que dicen sin saber quienes son, de que trabajan o que hacen con sus vidas.
En la actualidad hay bloggers que han logrado que grandes firmas confíen en sus críticas para desarrollar sus colecciones o nuevas propuestas; no será muy lejano el futuro en que alguien haga lo mismo con estos nuevos gurús. Solo entrañan un riesgo pues son imprevisibles; eso precisamente es lo que los hace grandes, nunca sabes con que twitt te van a sorprender.
Esta democratización que ha sufrido la publicidad de las opiniones ha hecho que a los grandes líderes de opinión les hayan salido pequeña competencia. Y digo pequeña, al menos de momento, porqué "solo" cuentan en centenares (algún afortunado en miles) su legión de seguidores.
Sin embargo, pese a no tener ninguna tribuna que les sirva de altavoz logran encandilar a sus seguidores (entre los que me cuento, por supuesto). Su facilidad de palabra (en 140 caracteres), un ácido y directo sentido del humor y sobretodo unas opiniones frescas y sin tapujos les hacen líderes de opinión.
Es espectacular como su cuenta de followers aumenta gracias a los retwitts que les hacemos sus seguidores; puedes o no estar de acuerdo con ellos pero siempre se mojan en sus opiniones y pocos de sus sms te dejan indiferente. Son los nuevos gurús 2.0; aquellos a los que sigues solo por lo que dicen sin saber quienes son, de que trabajan o que hacen con sus vidas.
En la actualidad hay bloggers que han logrado que grandes firmas confíen en sus críticas para desarrollar sus colecciones o nuevas propuestas; no será muy lejano el futuro en que alguien haga lo mismo con estos nuevos gurús. Solo entrañan un riesgo pues son imprevisibles; eso precisamente es lo que los hace grandes, nunca sabes con que twitt te van a sorprender.
jueves, 6 de octubre de 2011
La envidia de Dios
Existe una delgada línea, a la vez que impenetrable, que separa a los hombres de los genios. Sin embargo, existe un abismo entre los que cumplen nuestros deseos y Dios. Supongo que por esto se les tiene envidia. Los genios son capaces de mejorar todo aquello que les rodea y se les acaba recordando con honores aunque su reconocimiento, en algunos casos, puede ser póstumo. Mientras, Dios cada vez es más terrenal, más prescindible y en resumen menos importante a la vez que las personas como Steve Jobs se les acaba elevando a los altares populares no por su condición sino por su trabajo.
Supongo que por eso les tiene envidia. Él con toda su magnificencia no logra ser recordado con la fuerza de los genios humanos; aquellos que sin súper poderes, sin omnipotencia se acaban haciendo un hueco en el imaginario popular por méritos propios y no por divina providencia.
Nunca conocí a Steve Jobs en persona, sin embargo, hoy sé más detalles de su vida de los que tal vez me corresponderían. Y, según cuenta la leyenda, no tuvo una vida fácil rematada por 7 años de larga enfermedad. Supongo que ese es el precio que deben pagar los genios, el precio de la envidia de Dios.
Me he dado cuenta que muchas veces aquellos a los que nos atrevemos a denominar genios acaban sufriendo eso con lo que título este post. Siempre nos quedará saber que hubiera pasado si la vida de Jobs hubiera sido larga (porqué próspera lo fue sin lugar a dudas), o hacia donde habrían ido los Estados Unidos de América con John Fitzgerald Kennedy (ya saben el de "no se pregunte que hace su país por usted, pregúntese que hace usted por su país), o si la vida de Walt Disney no se hubiera sesgado a la edad de la jubilación, si Magic Johnson no hubiera sufrido el SIDA, si no hubieran asesinado al padre de Michael Jordan, si Maradona no hubiera probado la coca...
Podría alargar la lista hasta millares de página pero creo que los ejemplos son más que suficientes. Al fin y al cabo, no se si es que Dios precisa llevarse nuestros genios para que (ahora seguro que será desde un Ipad) le ayuden a construir un mundo mejor o si simplemente se los lleva por la terrible envidia que siente de, con toda su magnificencia, no poder compararse a los logros que ellos, simples mortales, han logrado.
Es por eso que Dios, por favor, deja de un lado la envidia y déjanos a nuestros genios para nosotros que aquí te aseguro que nos hacen mucha falta.
In memoriam Steve Jobs
Supongo que por eso les tiene envidia. Él con toda su magnificencia no logra ser recordado con la fuerza de los genios humanos; aquellos que sin súper poderes, sin omnipotencia se acaban haciendo un hueco en el imaginario popular por méritos propios y no por divina providencia.
Nunca conocí a Steve Jobs en persona, sin embargo, hoy sé más detalles de su vida de los que tal vez me corresponderían. Y, según cuenta la leyenda, no tuvo una vida fácil rematada por 7 años de larga enfermedad. Supongo que ese es el precio que deben pagar los genios, el precio de la envidia de Dios.
Me he dado cuenta que muchas veces aquellos a los que nos atrevemos a denominar genios acaban sufriendo eso con lo que título este post. Siempre nos quedará saber que hubiera pasado si la vida de Jobs hubiera sido larga (porqué próspera lo fue sin lugar a dudas), o hacia donde habrían ido los Estados Unidos de América con John Fitzgerald Kennedy (ya saben el de "no se pregunte que hace su país por usted, pregúntese que hace usted por su país), o si la vida de Walt Disney no se hubiera sesgado a la edad de la jubilación, si Magic Johnson no hubiera sufrido el SIDA, si no hubieran asesinado al padre de Michael Jordan, si Maradona no hubiera probado la coca...
Podría alargar la lista hasta millares de página pero creo que los ejemplos son más que suficientes. Al fin y al cabo, no se si es que Dios precisa llevarse nuestros genios para que (ahora seguro que será desde un Ipad) le ayuden a construir un mundo mejor o si simplemente se los lleva por la terrible envidia que siente de, con toda su magnificencia, no poder compararse a los logros que ellos, simples mortales, han logrado.
Es por eso que Dios, por favor, deja de un lado la envidia y déjanos a nuestros genios para nosotros que aquí te aseguro que nos hacen mucha falta.
In memoriam Steve Jobs
miércoles, 5 de octubre de 2011
La aristócrata
El paso de los años había hecho mella en su físico: había perdido agilidad, velocidad, reflejos... La vejez se había hecho evidente en aquella mujer que siempre aspiró a vivir en una eterna juventud de fiestas nocturnas y sueños soleados. Aún así, conservaba aquellos andares de antaño tan lascivos y ofensivos como elegantes. El crepúsculo de los días no le había restado ni un ápice de aquella autoridad venida de cuna y perdida en vida. Seguía siendo aristócrata a pesar de que esa palabra fuera ya un simple difuminado de aquella categoría casi celestial que había sido.
Sin embargo, aquella categoría heredada de varias generaciones no dejaba de hacerse notar. Los cabellos, pese a haber abandonado sus tonos dorados y descender hasta la más modesta plata, nunca perdían la compostura por más complicado que fuera el momento, el temblor o la fatiga de quien los lucía. En donde antes se encontraba siempre un caballero erguido y atento, hoy tan solo había un bastón decorado con un baño de oro de mercado que apenas servía para guardar las apariencias de quien había bañado su cuerpo con los mejores elixires que cualquier ser humano podía destilar.
Aquel rostro, con pocos pliegues, escondía gran parte de la edad que procesaba. Pero cierta degradación del paso del tiempo, ni tan siquiera las manos del mejor artista dibujando una nueva identidad con el bisturí podía esconder. Lo que habían sido vestidos de los mejores diseñadores, hoy vivían como clásicas reliquias sin posibilidad de ser modernizadas.
El silencio era lo único que cantaba en una vieja mansión, con tonos más añejos que señoriales, cuando los mejores músicos de cámara habían deleitado allí con las piezas de los grandes clásicos. Los niños habían crecido y sus juegos se habían convertido en empresas; el tiempo en oro y ella en solo un recuerdo de la infancia que nunca les presto la atención que reclamaban para entregar su vida a señores de moral distraída, días cortos y noches eternas.
Su mirada se perdía entre los salones, con más polvo que otra cosa, mientras sus ojos con menos vista de la que le gustaría se encristalaban. El azul intenso que brotaba por encima del blanco y el negro se apagaba por momentos, denotando la soledad de una persona que eligió una vida de presente bañada en vino y rosas y que ahora sucumbía ante la presión de un pasado decadente más las visiones de un futuro bañado entre pobreza y soledad. Un porvenir en el que su condición de aristócrata no era más que el recuerdo de un cuento para niños explicado una noche cualquiera, en cualquier lugar en el que alguien todavía envidiaba esa posición basada en el recuerdo de glorias de tiempos pasados, ya extinguidos.
Sin embargo, aquella categoría heredada de varias generaciones no dejaba de hacerse notar. Los cabellos, pese a haber abandonado sus tonos dorados y descender hasta la más modesta plata, nunca perdían la compostura por más complicado que fuera el momento, el temblor o la fatiga de quien los lucía. En donde antes se encontraba siempre un caballero erguido y atento, hoy tan solo había un bastón decorado con un baño de oro de mercado que apenas servía para guardar las apariencias de quien había bañado su cuerpo con los mejores elixires que cualquier ser humano podía destilar.
Aquel rostro, con pocos pliegues, escondía gran parte de la edad que procesaba. Pero cierta degradación del paso del tiempo, ni tan siquiera las manos del mejor artista dibujando una nueva identidad con el bisturí podía esconder. Lo que habían sido vestidos de los mejores diseñadores, hoy vivían como clásicas reliquias sin posibilidad de ser modernizadas.
El silencio era lo único que cantaba en una vieja mansión, con tonos más añejos que señoriales, cuando los mejores músicos de cámara habían deleitado allí con las piezas de los grandes clásicos. Los niños habían crecido y sus juegos se habían convertido en empresas; el tiempo en oro y ella en solo un recuerdo de la infancia que nunca les presto la atención que reclamaban para entregar su vida a señores de moral distraída, días cortos y noches eternas.
Su mirada se perdía entre los salones, con más polvo que otra cosa, mientras sus ojos con menos vista de la que le gustaría se encristalaban. El azul intenso que brotaba por encima del blanco y el negro se apagaba por momentos, denotando la soledad de una persona que eligió una vida de presente bañada en vino y rosas y que ahora sucumbía ante la presión de un pasado decadente más las visiones de un futuro bañado entre pobreza y soledad. Un porvenir en el que su condición de aristócrata no era más que el recuerdo de un cuento para niños explicado una noche cualquiera, en cualquier lugar en el que alguien todavía envidiaba esa posición basada en el recuerdo de glorias de tiempos pasados, ya extinguidos.
domingo, 18 de septiembre de 2011
Sí, quiero ser periodista
Hubo una época, no excesivamente remota pues la profesión es relativamente nueva, en la que hablar de periodismo era hablar de personas con un cierto e importante bagaje cultural; personas respetadas y generalmente admiradas por su talento a la hora de comunicar ya fuese por cualquiera de los medios de los que disponía la época: escrito, oral o visual. Grandes nombres como Lluís Permanyer, Jospeh Pulitzer, Oriana Falacci, Carles Francino, Santiago Segurola, Carmen de Burgos, Matías Prats, Ramón Besa, Antoni Bassas, Joaquim Maria Puyal, Ana Pastor...figuran en el imaginario popular como personas de prestigio. Y lo eran, ciertamente lo eran (o lo son, puesto que muchos siguen en activo).
Esta introducción no me hace otra cosa que recordar las palabras de uno de los mejores profesores que he tenido desde que piso las facultades, y ya van unos cuantos años. Joan Manuel Tresseres, en la primera clase que impartía tras sus años como Conseller de Cultura nos dijo textualmente: "sois la creme de la creme de la futura intelectualidad de este país". Y puede ser que los futuros periodistas lo seamos, o mejor dicho deberíamos serlo o intentarlo para, al menos, podernos acercar a los grandes nombres de arriba.
Sin embargo algo ha cambiado. Ser periodista ya no implica prestigio, según como se mire es al contrario un hecho peyorativo. La sobrecomercialización de los medios de comunicación ha destruido el oficio y la profesión de periodista en favor del showman sensacionalista. Primero fueron presentadores guapos y con facilidad de palabra, luego fueron personajes polémicos y en la actualidad cualquier paleto del tres al cuatro tiene su espacio en los medios de comunicación si logra crear cierta audiencia o traer lectores subasteros que se venden al mejor postor, más allá de lo que diga.
La sociedad actual se ha convertido en la sociedad de los impactos, sean del tipo que sean, en lugar de la sociedad de la información que muchos expertos la quieren denominar. ¿Por qué? Por muchas razones... tal vez nos guste vivir en la ignorancia, puede que cuando utilizamos un medio de comunicación no queramos saber que pasa si no distraernos con la primera tontería que haya... La realidad es que cada vez hay menos periodistas en los medios de comunicación y la calidad de éstos cae en picado.
¿La crisis de la prensa escrita? Cualquier periódico de hoy en día es más conocido por las firmas no periodísticas que articulan que por los propios periodistas, que son su auténtico motor. Tal vez y repito tal vez, parte de la crisis haya que buscarla en la pérdida de calidad estructurada en el panfletismo de muchos periódicos antaño de prestigio y que se lleva al extremo en la prensa política y deportiva.
Ciertamente, en una sociedad que vende la desinformación, el griterío, el amarillismo y el "yo la tengo más grande que tú" querer ser periodista suena, como mínimo, a utopía. Y cuando hablo de periodista, hablo de PERIODISTA, como los citados más arriba.
Aún así, de vez en cuando, algún oasis en el desierto demuestra que otro futuro es posible y que si deseas algo con todas tus fuerzas, todo el Universo conspira para que lo puedas llevar a cabo (Paulo Coelho, El Alquimista). Es por todo eso que quiero creer que podemos ser como los de arriba y es por eso que pese al desprestigio abrumador que traen a la profesión futuros colegas (futuros pues no soy licenciado) que han vendido su ética y deontología por un puñado de euros digo bien alto y bien claro:
SÍ, QUIERO SER PERIODISTA
viernes, 27 de mayo de 2011
Se acabó el carnaval veneciano
Hay momentos en la vida que son necesarios grandes sacrificios para lograr grandes cosas. Esto, más tarde o más temprano, es lo que acaba pasando a la historia. Las jornadas que estamos viviendo no van a ser una excepción. Siempre se critica que vivimos en una sociedad aborregada, dormida, que hay horchata en lugar de sangre; que los jóvenes ya no son como los de antes y que todo les da igual. Y, a vistas de lo sucedido, la radiografía no puede ser más errónea.
Se ha tocado fondo y la sociedad se ha levantado. En cuanto han tenido un apoyo en donde poner los pies, gente de todas las edades ha sido capaz de levantarse y decir NO. ¿Un poco tarde? Quizá, las elecciones generales fueron hace 4 meses y el poder recayó en "nuevos salvadores de la patria".
Sin embargo han bastado 4 meses para que las caretas se fueran cayendo poco a poco. El carnaval veneciano empezó con bailes de caretas que escondían tijeras y cuchillos que se encargaron de cortar, poco a poco, una sociedad del bienestar de la que se decía que el modelo "estaba agotado". Pero, en lugar de articular un nuevo modelo, es más fácil amputar. Cuando hay una parte del cuerpo que enferma hay dos vías para salvaguardarla; cortarla o tratarla para que se recupere y sea más fuerte. Es obvio que el corta y pega ha sido la medida escogida en lugar de la reformulación; es más fácil cortar que remodelar.
Pero el baile ha sido hoy. Las tijeras fictícias han dejado su lugar a las porras, a los balones de goma y a una serie de policías que, cumpliendo las órdenes de alguien que poco aprecia la especie humana, la democracia, la libertad de expresión y las conquistas de la social democracia han desatado la guerra. Una batalla desigual entre dos grupos, uno armado con porras y el otro con palabras. Uno sentado y el otro pegando. Uno, sin líderes, pidiendo diálogo y el otro, con sus dirigentes escondidos en un montículo dirigiendo las fuerzas como en una partida de Risk.
En definitiva, el carnaval veneciano acabó sin caretas, con un baile en que la sangre estuvo presente sin que nadie la hubiera invitado. Un baile que dejó la sociedad viendo quien puso en su dirección hace cuatro meses para los próximos cuatro años. Un baile que invita a la reflexión acerca de si este es el futuro que queremos.
Yo, desde luego, no. No quiero unos dirigentes que camuflan sus miedos de desalojo entre limpiezas y finales de Champions. Que no van de cara; que te saludan con una mano y firman la orden de carga con la otra. Esta no es mi sociedad, no es la que "des del campanar del meu poble es veu el del veí".
Se ha tocado fondo y la sociedad se ha levantado. En cuanto han tenido un apoyo en donde poner los pies, gente de todas las edades ha sido capaz de levantarse y decir NO. ¿Un poco tarde? Quizá, las elecciones generales fueron hace 4 meses y el poder recayó en "nuevos salvadores de la patria".
Sin embargo han bastado 4 meses para que las caretas se fueran cayendo poco a poco. El carnaval veneciano empezó con bailes de caretas que escondían tijeras y cuchillos que se encargaron de cortar, poco a poco, una sociedad del bienestar de la que se decía que el modelo "estaba agotado". Pero, en lugar de articular un nuevo modelo, es más fácil amputar. Cuando hay una parte del cuerpo que enferma hay dos vías para salvaguardarla; cortarla o tratarla para que se recupere y sea más fuerte. Es obvio que el corta y pega ha sido la medida escogida en lugar de la reformulación; es más fácil cortar que remodelar.
Pero el baile ha sido hoy. Las tijeras fictícias han dejado su lugar a las porras, a los balones de goma y a una serie de policías que, cumpliendo las órdenes de alguien que poco aprecia la especie humana, la democracia, la libertad de expresión y las conquistas de la social democracia han desatado la guerra. Una batalla desigual entre dos grupos, uno armado con porras y el otro con palabras. Uno sentado y el otro pegando. Uno, sin líderes, pidiendo diálogo y el otro, con sus dirigentes escondidos en un montículo dirigiendo las fuerzas como en una partida de Risk.
En definitiva, el carnaval veneciano acabó sin caretas, con un baile en que la sangre estuvo presente sin que nadie la hubiera invitado. Un baile que dejó la sociedad viendo quien puso en su dirección hace cuatro meses para los próximos cuatro años. Un baile que invita a la reflexión acerca de si este es el futuro que queremos.
Yo, desde luego, no. No quiero unos dirigentes que camuflan sus miedos de desalojo entre limpiezas y finales de Champions. Que no van de cara; que te saludan con una mano y firman la orden de carga con la otra. Esta no es mi sociedad, no es la que "des del campanar del meu poble es veu el del veí".
miércoles, 11 de mayo de 2011
Liderazgo
Siempre se suele hablar de la importancia de la fuerza de los colectivos. Que grandes masas de personas sean capaces de movilizarse para lograr grandes cosas. Es indudable que la fuerza de las masas, a lo largo de la historia de la humanidad, y desde la consecución social de los mecanismos de comunicación de masas se han convertido en ejes de cualquier vertebración histórica, más allá del color de la misma.
Sin embargo, en todo gran colectivo siempre hay quien se erige como líder. En gran mediada, la capacidad de tal persona, o tal grupo reducido acaba siendo capital en la consecución de los objetivos finales del colectivo. La fuerza, empaque, decisión y firmeza de unos pocos para llevar al éxito final a un todo. O más fácilmente dicho, el liderazgo.
Un líder siempre debe mirar al frente, pues en el horizonte de la convergencia de tierra, cielo y océano es donde se encuentra el límite de lo que él, para su grupo, puede hacer. Y debe mirar ahí pues esa convergencia le recordará para siempre que, para alcanzar el cielo, uno no debe nunca olvidar que tiene los pies en el suelo o corre el riesgo de ahogarse en un mar de poder.
Aunque muchas veces, los propios líderes, acaban confundiendo sus funciones, pues el liderazgo ya sea logrado con trabajo o elevado por popularidad, les acaba llevando a creerse con fuerzas y derechos a todo. Cuando el líder empieza a hacer converger los intereses personales por encima de los grupales es cuando lo básico en él, el colectivo que tiene la obligación de guiar, acaba siendo secundario. Empieza el principio de su fin. La Historia está llena de casos de grandes líderes cegados de poder, cuyo trágico final es directamente proporcional a su vanagloriosa llegada a la poltrona.
Sin embargo, en todo gran colectivo siempre hay quien se erige como líder. En gran mediada, la capacidad de tal persona, o tal grupo reducido acaba siendo capital en la consecución de los objetivos finales del colectivo. La fuerza, empaque, decisión y firmeza de unos pocos para llevar al éxito final a un todo. O más fácilmente dicho, el liderazgo.
Un líder siempre debe mirar al frente, pues en el horizonte de la convergencia de tierra, cielo y océano es donde se encuentra el límite de lo que él, para su grupo, puede hacer. Y debe mirar ahí pues esa convergencia le recordará para siempre que, para alcanzar el cielo, uno no debe nunca olvidar que tiene los pies en el suelo o corre el riesgo de ahogarse en un mar de poder.
Aunque muchas veces, los propios líderes, acaban confundiendo sus funciones, pues el liderazgo ya sea logrado con trabajo o elevado por popularidad, les acaba llevando a creerse con fuerzas y derechos a todo. Cuando el líder empieza a hacer converger los intereses personales por encima de los grupales es cuando lo básico en él, el colectivo que tiene la obligación de guiar, acaba siendo secundario. Empieza el principio de su fin. La Historia está llena de casos de grandes líderes cegados de poder, cuyo trágico final es directamente proporcional a su vanagloriosa llegada a la poltrona.
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